Caminar para mirar, descubrir formas y encontrar una armonía posible en el aparente caos de la naturaleza. De esa experiencia nace “Ambulo ergo sum”, la muestra que la artista visual Silvia Sánchez presenta en el Centro Cultural Rougés (Laprida 31), con montaje de Cecilia Quinteros Macció, autora también del texto del catálogo. Las obras, realizadas sobre papel misionero con acrílicos y lápices, despliegan una vegetación exuberante en la que ramas, líneas y colores se entrecruzan hasta componer una trama que invita a mirar el paisaje desde adentro, como quien recorre las yungas con la vista puesta en lo alto.
Artista, gestora cultural y galerista, Sánchez construyó su lenguaje plástico a partir de una relación sostenida con el entorno natural. Formada junto al maestro Luis Lobo de la Vega, durante años pintó frente al paisaje, hasta que decidió explorar las posibilidades de la memoria y de una mirada menos condicionada por la necesidad de copiar lo visible. En esa búsqueda convergen también su formación como química bióloga, su experiencia docente y su interés por los grandes naturalistas. Para ella, el arte no se limita a representar la naturaleza, ya que implica detenerse a observarla, descubrir el orden que emerge de su diversidad y asumir que aquello que se aprende a amar merece ser cuidado.
- Hablame de la inspiración de la muestra y de este título tan particular.
- Inicialmente la había llamado “Serie de subtrópico”, pero hablando con Cecilia surgió el otro nombre: “Ambulo ergo sum”. Yo había visto esta frase, que es una modificación del cogito ergo sum de Descartes y que significa “camino, luego existo”. Es que la mayor fuente de inspiración para toda esta obra son las caminatas. Soy caminadora, lo hago por el cerro, camino mucho por las yungas. En realidad me crié en Horco Molle, en la Ciudad Universitaria, donde nuestra única actividad era esa. Era una época pretelevisión, imaginate (risas). Después me formé con el maestro Luis Lobo de la Vega; con él salíamos a caminar y pintábamos en el paisaje.
- ¿Cómo fueron esos años?
- Estuve en su taller hasta 1997. Teníamos un grupo llamado Los Álamos, porque él vivía en la calle Los Álamos, en El Corte. Hicimos cuatro exposiciones colectivas y luego comencé sola. Mi primera muestra en el Rougés fue en 1999; esta es la cuarta.
- ¿Qué recordás de tu contacto con Lobo de la Vega?
- Él no entendía por qué yo pintaba selva. En general el paisaje tiene un plano, con un cielo; pero acá se puede ver que la mayoría de las obras forman una red, como una mezcla, con una serie de líneas que se cruzan.
- ¿Qué buscás transmitir con esa manera de representar la vegetación?
- Es como si uno caminara mirando para arriba. Esa es un poco la sensación: las ramas se cruzan, como si fuera un sistema circulatorio. Bueno, lo mío siempre fue el naturalismo. Lo que tiene esta muestra, comparada con anteriores, es que todo está hecho sobre hojas de papel misionero de 400 gramos, una especie de cartulina gruesa sobre la cual primero pongo acrílico. Después trabajo con lápices, generalmente acuarelables, y finalmente barnizo. Me gusta que se vea el trazo, que se vea esa impronta medio emotiva que tiene el artista al apretar más fuerte o menos fuerte.
- ¿Y los colores?
- Hay una paleta bien amplia que no siempre refleja una realidad; es una visión del paisaje muy subjetiva, bastante emocional, porque algunos colores en la realidad no existen. Algunas obras son un poco más realistas que otras, pero en general se trata de cosas en las que uno se inspira durante la caminata.
- ¿Seguís pintando frente al paisaje o trabajás en el estudio?
- Pinté del natural más o menos durante 15 años, que era lo que nos inculcaba el maestro Lobo de la Vega. Pero en algún momento tuve la sensación de que eso me limitaba un poco, porque cuando uno mira el paisaje a veces quiere copiar, entonces empecé a trabajar sobre la base de la memoria.
- ¿Cuánto tiempo te llevó realizar esta serie?
- Una parte la expuse durante dos veranos sucesivos en La Solariega, la galería de arte que tengo en Tafí del Valle. Todos los veranos inauguro una muestra allí. Pero la mitad de las obras de esta exposición son nuevas.
- ¿Cómo se pensó el montaje de la muestra?
- La decisión fue de Cecilia Quinteros Macció y se relaciona con el nombre de la exposición, la cuestión del deambular. En un extremo está ubicada la escultura de un tronco, obra de Ricardo Álvarez. Le pedí que hiciera unas hojitas y las pusimos arriba. Y están las telas que simbolizan el camino, con dos cuadros colocados dándose la espalda (uno mirando a la calle). Pensamos que la gente que pasa por afuera puede ver las obras y decir: “bueno, entro a ver si me interesa”.
- A partir del recorrido que hiciste a lo largo de los años, en paralelo con tu trabajo de gestión cultural como galerista, ¿por dónde va hoy tu búsqueda artística?
- Me motiva caminar. Voy analizando imágenes, formas, la vegetación. La naturaleza es como un caos y uno trata de encontrar en ese desorden una armonía. Eso lo hago permanentemente. Otra de mis fuentes de inspiración son las subidas a Tafí del Valle; voy todos los fines de semana y creo que la ruta 307 es una de las cosas más hermosas que tiene nuestra provincia. Es la selva de yungas en todo su esplendor. Y aparte de eso está la lectura. Justamente, el día de la inauguración comenté que estuve leyendo “La invención de la naturaleza”, libro que relata la vida de Alexander von Humboldt. Siempre me sentí muy identificada con los grandes naturalistas. Soy química bióloga de profesión y fui profesora de Biología y de Química durante 27 años en el colegio San Patricio. Y finalmente, este rescate de la naturaleza tiene que ver con lo ambiental, porque uno aprecia y cuida lo que ama.